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Prólogo
Nota preliminar sobre nomenclatura española y
términos empleados en el libro
Agradecimientos
Lista de abreviaciones
Viñeta
de apertura
Madrid, marzo de 1939
La
guerra estaba por terminar, cuando el 5 de
marzo, en Madrid, una agrupación de
republicanos anticomunistas apoyándose en
fuerzas mandadas por el coronel Segismundo
Casado, jefe del Ejército del Centro, rompió
con el gobierno del Frente Popular, controlado
por los comunistas y que, tras la caída de
Barcelona a fines de enero, se hallaba en fuga
desordenada.
Aquella
agrupación estableció una Junta de Defensa
Nacional desafiando al Frente Popular, libró
batalla contra las fuerzas comunistas en la
capital y inició negociaciones con Francisco
Franco, jefe del gobierno llamado Nacional y
Generalísimo de las Fuerzas Armadas, que
después de haber sido frenadas a las puertas
de Madrid durante 28 meses, preparaban ya su
entrada en la ciudad.
El 26 se hundió el frente.
Casado se preparaba para salir hacia el
mar y el exilio.
Momentos
antes de abandonar Casado su cuartel, situado
en el edificio del Ministerio de Hacienda, en
la tarde del 27 de marzo, recibió al nuevo
jefe del II Cuerpo de Ejército, el teniente
coronel Joaquín Zulueta.
Escribiría
más tarde Casado: “Se presentó muy
preocupado en mi despacho para informarme que
algunos de sus batallones estaban en terreno
de nadie, confraternizando con los
nacionalistas, con guitarristas, botas de vino,
bailes y canciones.
Con objeto de que volvieran a sus
trincheras, el teniente coronel Zulueta había
visitado al jefe nacionalista del Hospital Clínico,
quien le había manifestado que era inútil
intentarlo, porque los soldados habían hecho
la paz.
“Querido
Zulueta,” le contestó Casado, “déjeles
que sigan disfrutando porque además nos están
dando una lección.
¿Cree usted, nada más elocuente y más
hermoso que la paz haya empezado por abajo?”
El
historiador Ricardo de la Cierva llama a este
hecho “el momento más hermoso de la Guerra
Civil Española.”
Introducción
¿España, un país fragmentado?
Fragmentado
por la geografía: la península ibérica no
se parece a ningún otro país de Europa.
Su altura media es de 660 metros.
Su parte central es una meseta enorme
con climas extremos, dividida por sierras a
menudo intransitables en invierno por aquélla
época y antes de los ferrocarriles y
las autopistas.
Ningún otro pueblo europeo ha tenido
delante tales diversidades; entre las costas y
el interior, el norte y el sur, el este y el
oeste, los valles y las montañas.
Lo que hace su prolongada historia como
estado unido y estable –una historia a
menudo olvidada o, sino, denigrada-- cuanto más
extraordinaria.
Fragmentado
por regionalismos y nacionalismos: desde fines
del siglo XIX, ideólogos de separatismo en el
País Vasco y en Cataluña siguen argumentando
teorías para que los españoles no sean un
solo pueblo, sino que los vascos y los
catalanes no son españoles y que estas
regiones merezcan tratamientos especiales y
autogobiernos.
Tanto en Vascongadas como en Cataluña,
políticos separatistas buscaban alianzas con
las izquierdas para fomentar conflictos
civiles.
Claro está que muchos vascos y
catalanes no están de acuerdo de no ser españoles
y de que sus regiones no sean partes de España.
Fragmentado
el país por la política y la religión: la
eclosión de movimientos políticos mesiánicos
y anticlericales, desde fines del siglo XIX,
prometiendo la redención de la humanidad en
esta vida a fuerza de revoluciones violentas o
al menos drásticas, tenía en España unas
modalidades particulares. Había
un movimiento anarquista fuerte, que sobrevivía
en el siglo XX.
Por eso, en España el empuje
revolucionario estaba, por consiguiente,
dividido en tantas facciones luchando entre sí.
También era característica de los
movimientos revolucionarios españoles su
ingenuidad ideológica.
Nunca hubo en
España ningún pensador revolucionario
original.
Sus genios eran mucho más artísticos,
poéticos e historiográficos, para gran
suerte de la civilización y todos nosotros.
A pesar
de estas fragmentaciones, España desde el
tiempo de los Reyes Católicos a 1808 y
posteriormente desde 1874 a 1931 gozaba de una
historia de estabilidad y orden apenas
alcanzada por alguna otra nación europea.
Contrariamente a las varias leyendas
negras sobre la ignorancia y la estrechez de
vistas de los españoles, España tenía en
1600 más universidades con relación a su
población que algún otro país, por no
mencionar las artes y las letras españolas,
florecientes en el Siglo de Oro, pero también,
muy destacadamente, en los dos primeros
tercios del siglo XX.
Resumen
del libro
Los capítulos
I a IV son esenciales para entender la condición
de España en los años 30.
Muchas historias de la Guerra Civil,
sobre todo las anglófonas, omiten grandes
partes de estas bases y reducen o resumen sus
cuentos a un relato basado en pobreza,
feudalismo, beatería y soberbia de los
poderosos.
Y quieren dar a entender que las capas
dirigentes de un pueblo viejo y orgulloso
oprimían y empobrecían a propósito y sistemáticamente
a sus paisanos.
Cierto es que había beatería y opresión
injustificada pero apenas peores que en otros
países. Se concluye de tales relatos convencionales que la Guerra
Civil fue una guerra de los justos --las
izquierdas, los que deseaban el progreso y la
liberación– contra los injustos –los que
defendían sus privilegios, el poder clerical
y la ignorancia.
Éste es
una caricatura de la realidad y hace
falta describir los antecedentes para que el
relato propiamente dicho, el de los conflictos
que determinaron la Guerra y se manifestaron
en ella, sea sincero.
El capítulo
V relata la historia del año y medio antes
del alzamiento del 18 de julio 1936.
Utilizando las declaraciones y actuaciones de
los personajes destacados de las varias
agrupaciones políticas establece que no había
una única conspiración profunda de derechas
o del fascismo para acabar con la República,
sino que la República iba desmoronándose por
otras razones. En
primer lugar, el deseo de gran parte de las
izquierdas para convertirla en otra cosa, una
especie de utopía anarquista o un estado
totalitario de tipo soviético.
La conjura militar que maduraba en 1936
lo hacía al paso del derrumbe del orden,
cuando en realidad no fue su causa verdadera.
Capítulo
I: ¿Un país retrasado?
En
1800, España había gozado de 300 años de
estabilidad interna.
La renta por habitante era la media de
la francesa, creciendo a la medida de otros países
europeos.
La invasión francesa de 1808-1813
terminaba con aquella época e iniciaba otra
de 60 años; de caos y contiendas políticas,
sociales y religiosas, que sí retrasaban el
desarrollo y empeoraban las tres cargas graves
de la sociedad española: el analfabetismo, el
hambre y la pobreza.
Esta época caótica culminaba en el
sexenio revolucionario 1868-1874, obra de ideólogos
exaltados de un género típicamente español.
Capítulo
II: La Restauración 1874-1923
La
monarquía restaurada volvería a España al
sendero del desarrollo gradual, hacia las
libertades políticas y el progreso económico. El tanto menospreciado sistema de turnos entre candidatos
preseleccionados de actitud liberal o
conservador garantizaba cierta estabilidad,
pese al caciquismo con su corrupción
considerable.
Al mismo tiempo, intelectuales y
empresarios creaban institutos de enseñanza y
de beneficencia. Unos ejemplos notorios son:
la colonia obrera, establecida en los
alrededores de Barcelona, creada por el hombre
más rico de España entonces, el magnate de
textiles don Eusebí Güell, y la Institución
Libre de Enseñanza de Madrid.
Durante
este período empezaba sin embargo a tomar su
configuración característica la polarización
política, que haría tanto para ahogar la
democracia bajo la II República.
El liberalismo español seguía
fragmentado en moderados y exaltados.
Los últimos eran inspirados por los
jacobinos de la Revolución Francesa.
En los
movimientos obreros y campesinos se
entremezclaban las varias ideologías:
anarquistas, socialistas y otras.
El anarquismo español acusaba una
capacidad de supervivencia y violencia sin
parangón en otros países.
Los nacionalismos radicales del País
Vasco y en menor medida de Cataluña ganaban a
muchos intelectuales, activistas y sencillos
pistoleros. La pérdida de Cuba y Filipinas en la guerra de 1898 contra
Estados Unidos traumatizaba al país; si bien,
sus efectos fueron más modestos de los que
algunos historiadores han sostenido.
El progreso gradual continuaba; el
hambre como causa de muerte había casi
desaparecido en 1930.
Capítulo
III: Dictadura y República 1923-1934
La
denominada “Generación del 98” consistía
en un extraordinario elenco de políticos,
pintores, escritores e intelectuales –incluyendo
a nombres como Pablo Picasso, Pío Baroja,
Azorín, Ramón del Valle-Inclán, Ramiro de
Maeztu y los filósofos Miguel de Unamuno y
José Ortega y Gasset.
Todos ellos alcanzaron la cumbre de su
influencia en los años culturalmente vitales,
desde los 10 a los 30.
Aquélla generación también incluía
a políticos como Manuel Azaña, Alejandro
Lerroux y el primer presidente de la República,
Niceto Alcalá-Zamora.
Este
capítulo introduce a estos y otros personajes,
quienes iban a tomar protagonismo en el drama
venidero.
La dictadura de Miguel Primo de Rivera
fue blanda y estabilizadora.
El Partido Socialista, PSOE, colaboraba
en ella, tranquilizando sus propios empujes
revolucionarios. En 1930, el rey despidió a Primo de Rivera, lo que alentó a
las izquierdas a conspirar para derribar al régimen. La conjura fracasó, pero el gobierno monárquico perdió los
nervios y en abril de 1931 se celebraron
elecciones municipales, dando una mayoría de
concejales monárquicos; y a pesar de que
tuvieron esta victoria los consejeros del rey
lo persuadieron a abdicar.
Por eso,
la II República nació así bajo una sombra
de ilegitimidad y como la cría de gente quien,
como Azaña, se consideraban llamados a
imperar fuera como fuera la voluntad popular.
Ilegitimidad agravada para las derechas
por los desmanes anticlericales y
anticristianos de mayo de 1931 y para las
izquierdas por el incumplimiento de las
promesas reformistas y radicales del nuevo
gobierno, derrocado por esas y otras razones
en las elecciones de noviembre de 1933.
Capítulo
IV: Entrenándose para Guerra Civil: octubre
de 1934.
Los líderes
izquierdistas como Francisco Largo Caballero,
nominado “el Lenin español” por las
juventudes socialistas, e Indalecio Prieto,
querían la revolución aplastadora, según el
modelo bolchevique. Oponiéndose juntos a cualquier oposición, con el fin de
iniciar la transformación social y política
que juzgaban precisa.
No tenían la intención de aceptar la
victoria electoral de las derechas.
Tras esta Largo y el PSOE empezaban a
organizar el alzamiento revolucionario,
aliados con los separatistas catalanes,
dirigidos por Luis Companys, que estaba al
mando del gobierno regional, la Generalidad. Gozaban del apoyo de Azaña y de la izquierda republicana.
So pretexto de que delegados de la
alianza electoral derechista, CEDA, el grupo más
numeroso de las Cortes, habían ingresado en
el gobierno, los socialistas y separatistas
desencadenaron su revolución el 5 de octubre
de 1934, que fracasó porque no se levantaron
las masas, excepto en Asturias, donde esta
pequeña guerra civil duró dos semanas.
Aunque derrotados, Largo, Companys y
sus aliados lanzaban una campaña mundial de
propaganda y difundiendo que había habido
millares de muertos y brutalidades
espantosas, cometidas por las fuerzas
gubernamentales asesoradas por el general de
división Francisco Franco, de 41 años
entonces.
Ellos consideraban la insurrección
como el primer acto de una guerra civil, es
decir de una guerra desatada por las
izquierdas y no por las derechas.
La campaña de propaganda movilizaba a
intelectuales, izquierdistas en todo el mundo
y en España provocaba las primeras
manifestaciones masivas de la población.
Capítulo
V: “Miedo engendra odio” (Azaña)
A fines
de 1935, Alcalá-Zamora, el presidente
moderado, se sumaba a las izquierdas para
derrocar al gobierno centro-derechista,
aprovechando un escándalo nimio, el llamado
straperlo.
Este incidente estrafalario hubiera
sido un pormenor irrisorio de la historia si
no hubiese conducido hasta el final al último
gobierno que tenía posibilidades serias de
mantener al país unido.
En las siguientes elecciones de
legitimidad dudosa, las izquierdas, unidas
como Frente Popular, lucharon por la victoria
y una mayoría aplastante de los escaños en
las Cortes.
Los agitadores y pistoleros de
izquierdas se desencadenaron en las calles
quemando iglesias y matando a sus adversarios
políticos.
Los grupos derechistas contestaban débilmente,
pese a que algunos historiadores han pintado
imágenes de una gran conjura fascista que
reclamaba medidas decisivas para ser aplastada.
España
tenía pocos fascistas; la Falange mandada por
José Antonio Primo de Rivera era el grupo más
militante de derechas, pero no era
indudablemente fascista.
El mismo José Antonio fue detenido y más
tarde ejecutado por el gobierno del Frente
Popular. En la madrugada del 12 de julio unos pistoleros, algunos de
estos vinculados a Indalecio Prieto,
asesinaron al líder monárquico José Calvo
Sotelo. Para
muchos católicos y conservadores eso colmó
la medida, pero algunos historiadores, como
Stanley Payne, opinan que el gobierno todavía
hubiera podido salvar la paz de haber actuado
con decisión.
Sea como fuere, tal decisión no hubo y
pocos días después la conjura militar del
general Emilio Mola alistó finalmente al
general Franco, que estaba al mando de las
fuerzas españolas en Canarias.
El 17
de julio unas tropas leales a Franco
desafiaron a unos enviados del gobierno en
Melilla.
La Guerra Civil había empezado, o
mejor, recomenzado.
La República había fracasado.
El gobierno que se llamaba republicano
durante la guerra era un régimen de Frente
Popular, controlado de manera creciente por
los comunistas. Uno de los primeros actos de este régimen en respuesta al
alzamiento de Franco y Mola fue de ordenar el
armamento de las milicias izquierdistas.
La paz ya no fue posible, como dijo el
líder conservador José María Gil-Robles.
La
Guerra Civil
Operaciones militares, luchas políticas,
intervenciones y represiones
Capítulo
VI: Francisco Franco
Un
rasgo muy particular de muchos escritos sobre
la Guerra Civil y el régimen de Franco es el
odio arraigado y muy apasionado hacia la
figura. Eso
es algo racionalmente no fácilmente
explicable, por cuanto Franco como jefe de
estado era un dictador más blando que los
dictadores comunistas admirados por muchos
intelectuales Franco-fobos.
Otro rasgo particular es que muchos de
tales escritos, como los del historiador inglés
Paul Preston, describen a Franco como un
oportunista necio y sangriento; algo extraño
por que eso significa que las izquierdas, más
sabias y clarividentes que otras, fueron
derrotadas por un zoquete, quien ganó
solamente gracias a la ayuda alemana e
italiana.
En verdad se trata de un personaje
mucho más interesante y polifacético, cuyas
opiniones y cuyo historial antecedente se
cuentan en este capítulo.
Capítulo
VII: Las fuerzas en presencia
Prieto
tenía mucha razón a sostener en un discurso
en respuesta al Alzamiento Militar que sus
posibilidades eran ínfimas.
El Frente Popular controlaba la mayor
parte de España peninsular, con casi toda su
industria y riqueza.
Las milicias armadas podían no ser muy
valiosas en la lucha, pero eran numerosas y la
mayoría de las unidades militares regulares
no se habían sumado a Franco y Mola, ni
tampoco la Armada.
La fuerza de la República
frentepopulista era aplastante. Cierto que esta República se desgarraba en luchas internas
entre comunistas, socialistas, anarquistas y
nacionalistas vascos y catalanes.
Sin embargo el alzamiento de Franco y
Mola parecía una quijotada –un acto de
orgullo español pero condenado al fracaso.
Mas no fue así.
El capítulo
describe los recursos de ambos bandos al
iniciar la contienda e investiga las causas de
porque no se averiguó el augurio de Prieto.
Capítulo
VIII: España revolucionaria
Una de
las primeras y más conocidas víctimas de la
guerra fue el poeta Federico García Lorca.
Se convertía en una figura mítica de
las izquierdas; la verdadera historia de su
fin desgraciado cuenta otra cosa.
Pasaba sus últimos días en la casa de
un amigo falangista.
El capítulo sigue contando los
acontecimientos en la zona frentepopulista en
el verano de 1936.
Anarquistas, nacionalistas y otras
izquierdistas creían que la hora de la
revolución había sonado.
Granjas y fábricas fueron ocupadas, la
producción se vino abajo, el hambre reapareció. En septiembre el gobierno liderado por Largo Caballero cedió
las reservas de oro del Banco de España a la
URSS, a cambio de ayuda militar.
Prieto llamaba eso “un enorme
desfalco.”
También lo era, en menor medida, las
expropiaciones de patrimonios privados,
incluso ínfimos.
Rasgo excepcional de ese verano fue la
persecución sangrienta de católicos, quizás
la más sangrienta de la historia, con
martirio de millares de curas, monjes y monjas
sin abjuración alguna.
Ahora bien, el acontecimiento militar más
importante de ese periodo en zona
frentepopulista fue la reconstrucción de un
“Ejército Popular” sobre las bases del
viejo. Sin
este ejército la República hubiera sido
derrotada ya en 1936, pese a su superioridad
material.
El ejército nuevo era moldeado con
arreglo al Ejército Rojo Soviético y tenía
como su molde a comisarios políticos
aportados por los comunistas o sus aliados.
En noviembre el nuevo ejército había
reemplazado a las voluntariosas e ineptas
milicias en el combate.
Todos ya sabían que la guerra no sería
de poca duración, sino larga.
Capítulo
IX: La guerra de las columnas, julio a octubre
de 1936
Por
cuanto ningún bando poseía fuerzas tales de
poder constituir frentes continuos, los
primeros meses eran “de la guerra de
columnas,” grupos de hombres avanzando sobre
el terreno y ocupando poblaciones y puestos
fuertes.
En esta guerra las columnas de Franco
lograban éxitos inverosímiles.
Eran poco numerosas pero tenían la
moral muy alta.
Cruzaron el Estrecho de Gibraltar por
mar y por aire, el primero puente de aire de
la historia. De
esta manera pudieron avanzar después 200 km
al norte para enlazar con las fuerzas de Mola.
Luego se volvieron hacia Madrid, pero
antes debieron socorrer a Toledo, donde el
coronel José Moscardó en un gesto quijotesco
había ocupado el alcázar de la ciudad, que
no era defendible pero que guardaba
heroicamente contra fuerzas diez veces
superiores.
La defensa del Alcázar fomentaba una
leyenda por los nacionales a contraponer a las
republicanas de García Lorca, Guernica o la
defensa de Madrid, con la diferencia de que la
leyenda del Alcázar era verdadera.
Días después de la liberación del
Alcázar, la Junta Militar proclamó a Franco
jefe del Estado español y Generalísimo de
las Fuerzas Armadas.
Capítulo
X: Intervenciones extranjeras
Una
leyenda muy difundida pretende que Franco ganó
por que fue ayudado con armas y tropas por
Adolf Hitler y Benito Mussolini.
No es cierto.
Mussolini había prometido alguna ayuda
al alzamiento, y tanto él como Hitler
enviaban unos aviones en 1936, pero estos no
fueron decisivos, y tampoco lo fueron las
tropas italianas o las escuadrillas alemanas
que más tarde llegaron.
No lo fueron tampoco las Brigadas
Internacionales que luchaban para el Frente
Popular ni la ayuda de Josif Stalin a este régimen,
sino en un punto, la defensa de Madrid en
octubre-noviembre de 1936, cuando carros soviéticos
ayudaban a rechazar los ataques de los
nacionales.
Franco persuadió a los alemanes e
italianos a vender sus ayudas a crédito y no
permitía que los representantes extranjeros
se entremetiesen en las operaciones o en el
gobierno, a distinción del Frente Popular
donde los agentes de Stalin ganaban
continuamente en influencia.
Había un tipo de ayuda que tal vez ha
sido decisivo: Thorkild Rieber, el jefe
noruego-americano de la Texaco y admirador de
Franco, vendía petróleo a los nacionales a
crédito, cosa inaudita entonces.
Otro tipo de intervención era la de
los intelectuales como Ernest Hemingway o André
Malraux, este un autodenominado piloto de
guerra, descrito por el jefe comunista de la
fuerza aérea republicana como un hombre que
no tenía la menor idea de aviación.
Capítulo
XI: La batalla de Madrid, noviembre de
1936-febrero de 1937
“¡No
pasarán!” era una consigna que daba la
vuelta al mundo.
La realidad fue algo diferente, a pesar
de que ha escrito Hemingway u otros
simpatizantes del Frente Popular.
El pueblo madrileño no estaba hombro
con hombro con el régimen desafiando a los
“fascistas”; al contrario, agentes del
gobierno masacraron a 6000 verdaderos o
presuntos simpatizantes de Franco en las cárceles
de Madrid, de forma típicamente bolchevique. Uno de aquéllos, el luego líder comunista Santiago Carrillo,
nunca ha admitido su papel en estas matanzas.
El capítulo describe las operaciones
alrededor de Madrid en esos meses críticos.
El gobierno huyó a Valencia y luego a
Barcelona, pero los frentes resistían y en
febrero el Ejército Popular causó una
derrota seria al cuerpo expedicionario
italiano en la zona de Guadalajara.
Los italianos enardecidos por su fácil
conquista de Málaga lanzaron una ofensiva en
pleno invierno, sin asegurarse sus flancos y
fueron aplastados.
Nacionales y republicanos estuvieron de
acuerdo al decir: “italianos no valen españoles.”
Capítulo
XII: Otra guerra civil.
Barcelona invierno y primavera de 1937.
En España
republicana los comunistas y sus hombres de
paja hacían más estricto su manejo del
gobierno, manteniendo la ficción de que así
era un régimen democrático.
Entretanto, Largo Caballero resultaba
cada vez más una carga para Stalin y a sus
agentes, quienes lo derrocaron con la ayuda de
Prieto. Mas
tarde él se arrepintió, porque
reemplazaron a Largo con el ministro de
hacienda, Juan Negrín, cuya política era de
colaboración estrecha con la URSS, siendo esa
la única esperanza del Frente Popular para la
victoria.
En eso tenía probablemente razón.
El próximo paso fue de domar a los
revolucionarios salvajes y regularizar un régimen
de tipo soviético, bajo la instrucción de
los agentes del NKVD.
Los anarquistas, numerosos en Cataluña,
no estaban de acuerdo.
Su oposición provocó grandes
disturbios, una pequeña guerra civil dentro
de la grande. Eran los acontecimientos
descritos por George Orwell, en los cuales el
régimen oprimió sangrientamente a los
anarquistas.
Azaña, que entonces era un presidente
generalmente impotente, describió
acertadamente el desorden y la violencia de la
República en su libro La
velada en Benicarló.
Don Manuel siempre era mejor analista
que estadista.
Capítulo
XIII: Guernica y la campaña del Norte,
primavera de 1937
Gracias
al cuadro propagandístico de Pablo Picasso y
a una campaña bien planteada de desinformación
el ataque aéreo alemán a la ciudad vasca de
Guernica en abril de 1937 se convirtió en el
símbolo central de brutalidad insensata
fascista.
La verdadera historia es algo diferente
y se cuenta aquí.
En el
mes de marzo, Franco tomó la decisión que le
llevaría a ganar la guerra. Él
abandonó los ataques en el centro y avanzó
contra el País Vasco y Asturias donde se
encontraban las industrias importantes y los
puertos de Bilbao y Santander, ciudades
cargadas de población.
En las semanas siguientes, Franco
afianzó su gobierno con vistas de ganar la
guerra y de la reconstrucción en la posguerra.
El
contraste con las luchas violentas internas y
con la influencia soviética en zona
frentepopulista no podía ser más agudo.
Como elemento de consolidación,
Falange Española fue designada oficialmente
como eje del movimiento nacional; en efecto,
eso fue una medida en gran parte ceremonial.
A Franco no le gustaban las ideologías
explícitas.
Capítulo
XIV: El Frente Popular contraataca, verano de
1937
Cuando
cayó Bilbao el 30 de junio, Prieto podía ver
que la guerra estaba perdida.
Sin el Norte el Frente Popular ya no
controlaba toda la industria pesante y los
centros mayores de población. Así
que, para aliviar la presión sobre el Norte,
el gobierno de Negrín lanzaba ataques contra
Brunete y Zaragoza en el Centro y el Este.
Ambos fracasaron a pesar de la
superioridad aplastante y numérica del Ejército
Popular. Otro ejemplo de lo que representaba
tener la moral alta en esa guerra.
El capítulo
cuenta las operaciones del verano y de
comienzos del otoño y concluye con el control
completo de la costa del Norte por los
nacionales.
Capítulo
XV: La guerra de los intelectuales
Ernest
Hemingway romantizaba un enfrentamiento menor
en La Granja en el verano de 1937, en Por
quién doblan las campanas.
Él fue el arquetípico simpatizante
del Frente Popular, el más famoso de una
larga fila de intelectuales internacionales,
quienes convirtieron la Guerra Civil en una
batalla de ideologías, de fascistas contra
demócratas.
Como demuestra y sigue demostrando ese
libro, es una caricatura que no obstante ha
dominado la imagen internacional de la guerra
desde entonces.
El capítulo introduce a varias de esas
figuras como Gerald Brenan, Georges Bernanos,
Willy Brandt y entre los españoles a
personajes como Ortega y Gasset o Unamuno,
quien chocó con el comandante de milicias
falangista José Millán-Astray en la
Universidad de Salamanca. Suceso
que ha sido leído como el rechazo desdeñoso
del filósofo vasco a Franco, pero en efecto
Unamuno desde el principio había sostenido a
los nacionales.
Otro mito de la guerra es que “los
intelectuales,” los personajes reflexivos,
humanos, artísticos y literarios, eran unánimes
en su oposición a Franco.
No es cierto.
Entre los ejemplos que demuestran lo
contrario, tenemos nombres como: Ramiro de
Maeztu, Gregorio Marañón, Pedro Laín
Entralgo, Dionisio Ridruejo, Manuel Machado,
Roy Campbell y el mismo Ortega.
Capítulo
XVI: Invierno glacial 1937-38
El
invierno de 1937-38 fue asperamente glacial.
El Frente Popular, en busca de venganza
por la pérdida del Norte, atacó en el este a
Teruel, que fue ocupada por el Ejército
Popular tras semanas de combate sangriento en
temperaturas de más de 20 bajo cero.
El obispo fue cautivado y luego
asesinado.
Esa victoria ya que siendo Teruel una
de las pocas capitales de provincia que fue
tomada por el Ejército Popular daba al régimen
un aliento muy esperado.
El capítulo
cuenta esa y otras operaciones desde la caída
del Norte a marzo de 1938, incluso las campañas
de Belite y Lérida y la batalla naval que
terminó en el hundimiento del Baleares,
el crucero más moderno y fuerte de la armada
nacional.
Capítulo
XVII: La marcha al mar y la campaña de
Valencia, marzo a julio de 1938.
En
marzo la guerra se puso en movimiento para
quebrantar las fuerzas franquistas las líneas
republicanas al este de Teruel y alcanzar en
seis semanas el mar, a la desembocadura del
Ebro. Así se copaba en dos el territorio de
España frentepopulista.
Luego, Franco se volvió al sur para
tomar Valencia, pero sus hombres, cansados, no
lo podían hacer en dos meses más de combates.
Numerosos
críticos han interpretado esa decisión como
el deseo de Franco a prolongar la guerra hasta
que estallara una guerra general europea,
puesto que, según dicen, había podido
terminar la guerra, al volverse al norte y
marchar sobre Barcelona, la capital de España
republicana.
La explicación de Franco, apoyado por
el historiador primero de la Guerra Civil,
Stanley Payne, fue que no quiso exponerse a
una intervención francesa de marchar sobre la
frontera con Francia.
Este país también tenía un gobierno
frentepopulista pero no controlado por las
comunistas como en España, y tal vez a su
miedo no le faltaba la razón.
Sea como fuere, el personaje que más
desesperadamente quería prolongar la guerra
hasta estallada una guerra general europea no
era Franco, sino el líder frentepopulista,
Juan Negrín.
Capítulo
XVIII: La campaña del Ebro, julio a noviembre
de 1938
Debía
ser la hora triunfante del Ejército Popular.
En julio lanzaba su ofensiva más
grande de todas, sobre el bajo Ebro dirigida a
retomar Teruel y juntar las dos partes de España
republicana volviendo a abrir las
comunicaciones por tierra entre Madrid y
Barcelona.
Franco resolvió de plantarse y no
ceder, iniciando así una batalla de
debilitamiento bajo el calor y las terribles
sequías, la que en el curso de cinco meses
sangraba a las unidades mejores del Ejército
Popular y hacía su última derrota casi
cierta. Hacia
fines de la campaña, las Brigadas
Internacionales se disolvieron a órdenes de
Stalin. La República estaba sola.
Capítulo
XIX: La caída de Cataluña, diciembre de 1938
a marzo de 1939.
La última
esperanza de Negrín ya efectivamente era que
una guerra general europea, poniendo a URSS
contra Alemania, podría de alguna manera
salvar la República.
No había comprendido que habían
capitulado Gran Bretaña y Francia a Hitler en
Munich y que nadie, ni siquiera el mismo
Stalin, ya se preocupaba mucho de España.
Ni podía desde luego saber que la
guerra general, cuando empezó, pondría a
Stalin aliado de Hitler.
Aún así él –o mejor, sus hombres—
seguían luchando, cada vez más inferiores en
número y pertrechos. En lo último en parte
por que los nacionales eran hábiles en
reutilizar material cautivado.
Repuestos de la campaña del Ebro, los
nacionales empezaron por fin en enero de 1939
la ofensiva sobre Barcelona.
Cayó sin combates el 28, “esperando
a Franco,” como dijo un observador,
El gobierno, con sus manos llenas con
todo el oro, alhajas y otros objetos de valor
que sus miembros podían recoger, huyó hacia
el norte.
Lanzaron una ofensiva final en
Extremadura por distraer a Franco; tomaron
mucho terreno pero ninguna ventaja.
Capítulo
XX: Madrid y Alicante, marzo de 1939
Los
frentes cerca de Madrid no se habían movido
hacía más que dos años.
En la
ex capital anticomunistas se alzaron en contra
del régimen de Negrín, con la esperanza de
poner fin a la guerra con una paz de
reconciliación. Franco rehusó sus ofertas y exigió la capitulación sin
condiciones y lanzó su última ofensiva el
26. Esta
avanzó casi sin derramamiento de sangre. Madrid cayó el 28 de
marzo, entre escenas de alegría.
Tres días después las últimas
unidades del Ejército Popular se rindieron en
Alicante y por la
mañana Franco, desde su cama con gripe,
emitió el último parte de guerra: “En el día
de hoy, el ejército rojo cautivo y desarmado,
las tropas nacionales han alcanzado sus últimos
objetivos militares. La
guerra ha terminado.”
Capítulo
XXI: Epílogo
¿Cuántos
murieron?
¿Cuál de los bandos era el más mortífero?
¿Cuánto costaba la guerra?
¿Cómo se vivía en las dos zonas?
¿Cuántos huían y a dónde?
Muchos tienen respuestas listas: los
muertos eran un millón, los nacionales eran
los peores asesinos por que mataban por gusto,
mientras los frentepopulistas mataban solo por
necesidad.
La vida en España republicana era más
libre y mejor que en zona nacional.
Centenares de millares habían de huir
para no ser matados.
Todas esas son distorsiones, si no
mentiras.
La información mejor sobre las
perdidas indica que eran alrededor de las
600.000 y que los dos bandos eran iguales de
mortíferos, matando a no combatientes. Otro tema explosivo es el precio de la represión franquista
en la posguerra.
Fueron justiciados unos 25-30.000, tal
vez menos que si hubiera vencido el otro bando.
De los encarcelados la mayor parte
fueron puestos en libertad, aunque vigilada a
veces, tras pocos años. También
contrario al mito es que la mayoría de los
intelectuales españoles no huían del país. España de Franco permanecía aislada en la política
internacional hacia fines de los años 40, lo
que costaba una gran indigencia económica,
pero la cifra de los muertos de hambre nunca
alcanzaba los niveles de España
“republicana” en guerra.
Capítulo
XXII: La guerra sobre la guerra.
La
democratización tras la muerte de Franco en
1975 fue un proceso muy cuidado.
El régimen nunca encontraba oposición democrática
seria. Sus únicos enemigos constantes e implacables eran los
comunistas, quienes no eran demócratas.
Tras los años 80 los comunistas y
socialistas han empezado a reescribir la
historia, ennegreciendo al régimen y
sosteniendo que la democracia española nunca
sería asegurada sino rompiendo con el pasado
y volviendo a los ideales de la II República.
En esta atmosfera recalentada y
exaltada todo debate sincero sobre la Guerra
Civil se enrarecía.
Con pocas excepciones los historiadores
catedráticos españoles han aceptado unas
interpretaciones marxistas de la historia y
dejado escribir la verdadera historia a extraños
vilipendiados.
Fuera de España la historia es algo diferente
pero no enteramente.
El historiador Stanley Payne se ha
puesto al lado de los revisionistas y dice que
en las universidades españoles no hay
libertad de expresión sobre la Guerra Civil.
El libro termina con la esperanza de
que habría contribuido a la discusión
sincera y contado una historia apasionante.
El
libro incluye ilustraciones, mapas generales y
particulares, cronología, bibliografía,
referencias y índice y será enlazado a un
sito web, con referencias más extensas y la
posibilidad por lectores de comentar.
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