La Guerra Civil Española: Una nueva historia
The Spanish Civil War: A New History


David Gress
Epigrafes

“El país había entrado en una fase francamente revolucionaria.  Ni la vida ni la propiedad contaban con seguridad alguna … No era solo el dueño de miles de hectáreas, concedidas a sus antepasados por el rey don Fulano el Olvidado, quien veía invadida su casa y  a su ganado desjarretado  por los campos  que las llamas habían arrasado. Sino también el modesto médico o abogado de Madrid que disponía de una casa solariega, de cuatro habitaciones y un pequeño trozo de terreno y que era invadida, por obreros y campesinos ni faltos de techo ni faltos de comida, alegando su derecho a hacer la cosecha del  trigo. Diez hombres para hacer la labor de uno, y a quedarse en la casa hasta el final de ésta..”
Salvador de Madariaga, historiador liberal exiliado, alrededor de la primavera de 1936.

“Cuando el General Franco apareció en el horizonte de las esperanzas nacionales con la espada en alto, en España ya no existía un estado ni forma alguna de legalidad.”
Alejandro Lerroux, líder republicano, en 1936.

“El Gobierno soviético quería definir cómo debíamos hacer la política de nuestro país.”
Francisco Largo Caballero, jefe del gobierno populista, a fines de 1936.

“Franco ha vencido por su superioridad: una superioridad lograda, tanto o más que por su acción directa, por nuestros errores ... Y se la hemos dado porque no hemos sabido organizarnos, administrarnos y subordinarnos a un fin y a una autoridad.”
Vicente Rojo, general y estratega frentepopulista

Prólogo
Nota preliminar sobre nomenclatura española y términos empleados en el libro
Agradecimientos
Lista de abreviaciones

Viñeta de apertura
Madrid, marzo de 1939

La guerra estaba por terminar, cuando el 5 de marzo, en Madrid, una agrupación de republicanos anticomunistas apoyándose en fuerzas mandadas por el coronel Segismundo Casado, jefe del Ejército del Centro, rompió con el gobierno del Frente Popular, controlado por los comunistas y que, tras la caída de Barcelona a fines de enero, se hallaba en fuga desordenada.

Aquella agrupación estableció una Junta de Defensa Nacional desafiando al Frente Popular, libró batalla contra las fuerzas comunistas en la capital y inició negociaciones con Francisco Franco, jefe del gobierno llamado Nacional y Generalísimo de las Fuerzas Armadas, que después de haber sido frenadas a las puertas de Madrid durante 28 meses, preparaban ya su entrada en la ciudad.  El 26 se hundió el frente.  Casado se preparaba para salir hacia el mar y el exilio.

Momentos antes de abandonar Casado su cuartel, situado en el edificio del Ministerio de Hacienda, en la tarde del 27 de marzo, recibió al nuevo jefe del II Cuerpo de Ejército, el teniente coronel Joaquín Zulueta.

Escribiría más tarde Casado: “Se presentó muy preocupado en mi despacho para informarme que algunos de sus batallones estaban en terreno de nadie, confraternizando con los nacionalistas, con guitarristas, botas de vino, bailes y canciones.  Con objeto de que volvieran a sus trincheras, el teniente coronel Zulueta había visitado al jefe nacionalista del Hospital Clínico, quien le había manifestado que era inútil intentarlo, porque los soldados habían hecho la paz.

“Querido Zulueta,” le contestó Casado, “déjeles que sigan disfrutando porque además nos están dando una lección.  ¿Cree usted, nada más elocuente y más hermoso que la paz haya empezado por abajo?”

El historiador Ricardo de la Cierva llama a este hecho “el momento más hermoso de la Guerra Civil Española.”

Introducción
¿España, un país fragmentado?

Fragmentado por la geografía: la península ibérica no se parece a ningún otro país de Europa.  Su altura media es de 660 metros.  Su parte central es una meseta enorme con climas extremos, dividida por sierras a menudo intransitables en invierno por aquélla   época y antes de los ferrocarriles y las autopistas.  Ningún otro pueblo europeo ha tenido delante tales diversidades; entre las costas y el interior, el norte y el sur, el este y el oeste, los valles y las montañas.  Lo que hace su prolongada historia como estado unido y estable –una historia a menudo olvidada o, sino, denigrada-- cuanto más extraordinaria.

Fragmentado por regionalismos y nacionalismos: desde fines del siglo XIX, ideólogos de separatismo en el País Vasco y en Cataluña siguen argumentando teorías para que los españoles no sean un solo pueblo, sino que los vascos y los catalanes no son españoles y que estas regiones merezcan tratamientos especiales y autogobiernos.  Tanto en Vascongadas como en Cataluña, políticos separatistas buscaban alianzas con las izquierdas para fomentar conflictos civiles.  Claro está que muchos vascos y catalanes no están de acuerdo de no ser españoles y de que sus regiones no sean partes de España.

Fragmentado el país por la política y la religión: la eclosión de movimientos políticos mesiánicos y anticlericales, desde fines del siglo XIX, prometiendo la redención de la humanidad en esta vida a fuerza de revoluciones violentas o al menos drásticas, tenía en España unas modalidades particulares.  Había un movimiento anarquista fuerte, que sobrevivía en el siglo XX.  Por eso, en España el empuje revolucionario estaba, por consiguiente, dividido en tantas facciones luchando entre sí.  También era característica de los movimientos revolucionarios españoles su ingenuidad ideológica.  Nunca hubo en  España ningún pensador revolucionario original.  Sus genios eran mucho más artísticos, poéticos e historiográficos, para gran suerte de la civilización y todos nosotros.

A pesar de estas fragmentaciones, España desde el tiempo de los Reyes Católicos a 1808 y posteriormente desde 1874 a 1931 gozaba de una historia de estabilidad y orden apenas alcanzada por alguna otra nación europea.  Contrariamente a las varias leyendas negras sobre la ignorancia y la estrechez de vistas de los españoles, España tenía en 1600 más universidades con relación a su población que algún otro país, por no mencionar las artes y las letras españolas, florecientes en el Siglo de Oro, pero también, muy destacadamente, en los dos primeros tercios del siglo XX.

Resumen del libro

Los capítulos I a IV son esenciales para entender la condición de España en los años 30.  Muchas historias de la Guerra Civil, sobre todo las anglófonas, omiten grandes partes de estas bases y reducen o resumen sus cuentos a un relato basado en pobreza, feudalismo, beatería y soberbia de los poderosos.  Y quieren dar a entender que las capas dirigentes de un pueblo viejo y orgulloso oprimían y empobrecían a propósito y sistemáticamente a sus paisanos.  Cierto es que había beatería y opresión injustificada pero apenas peores que en otros países.  Se concluye de tales relatos convencionales que la Guerra Civil fue una guerra de los justos --las izquierdas, los que deseaban el progreso y la liberación– contra los injustos –los que defendían sus privilegios, el poder clerical y la ignorancia.  Éste es  una caricatura de la realidad y hace falta describir los antecedentes para que el relato propiamente dicho, el de los conflictos que determinaron la Guerra y se manifestaron en ella, sea sincero.

El capítulo V relata la historia del año y medio antes del alzamiento del 18 de julio 1936. Utilizando las declaraciones y actuaciones de los personajes destacados de las varias agrupaciones políticas establece que no había una única conspiración profunda de derechas o del fascismo para acabar con la República, sino que la República iba desmoronándose por otras razones.  En primer lugar, el deseo de gran parte de las izquierdas para convertirla en otra cosa, una especie de utopía anarquista o un estado totalitario de tipo soviético.  La conjura militar que maduraba en 1936 lo hacía al paso del derrumbe del orden, cuando en realidad no fue su causa verdadera.

Capítulo I: ¿Un país retrasado?

En 1800, España había gozado de 300 años de estabilidad interna.  La renta por habitante era la media de la francesa, creciendo a la medida de otros países europeos.  La invasión francesa de 1808-1813 terminaba con aquella época e iniciaba otra de 60 años; de caos y contiendas políticas, sociales y religiosas, que sí retrasaban el desarrollo y empeoraban las tres cargas graves de la sociedad española: el analfabetismo, el hambre y la pobreza.  Esta época caótica culminaba en el sexenio revolucionario 1868-1874, obra de ideólogos exaltados de un género típicamente español.

Capítulo II: La Restauración 1874-1923

La monarquía restaurada volvería a España al sendero del desarrollo gradual, hacia las libertades políticas y el progreso económico.  El tanto menospreciado sistema de turnos entre candidatos preseleccionados de actitud liberal o conservador garantizaba cierta estabilidad, pese al caciquismo con su corrupción considerable.  Al mismo tiempo, intelectuales y empresarios creaban institutos de enseñanza y de beneficencia. Unos ejemplos notorios son: la colonia obrera, establecida en los alrededores de Barcelona, creada por el hombre más rico de España entonces, el magnate de textiles don Eusebí Güell, y la Institución Libre de Enseñanza de Madrid. 

Durante este período empezaba sin embargo a tomar su configuración característica la polarización política, que haría tanto para ahogar la democracia bajo la II República.  El liberalismo español seguía fragmentado en moderados y exaltados.  Los últimos eran inspirados por los jacobinos de la Revolución Francesa.

En los movimientos obreros y campesinos se entremezclaban las varias ideologías: anarquistas, socialistas y otras.  El anarquismo español acusaba una capacidad de supervivencia y violencia sin parangón en otros países.  Los nacionalismos radicales del País Vasco y en menor medida de Cataluña ganaban a muchos intelectuales, activistas y sencillos pistoleros.  La pérdida de Cuba y Filipinas en la guerra de 1898 contra Estados Unidos traumatizaba al país; si bien, sus efectos fueron más modestos de los que algunos historiadores han sostenido.  El progreso gradual continuaba; el hambre como causa de muerte había casi desaparecido en 1930.

Capítulo III: Dictadura y República 1923-1934

La denominada “Generación del 98” consistía en un extraordinario elenco de políticos, pintores, escritores e intelectuales –incluyendo a nombres como Pablo Picasso, Pío Baroja, Azorín, Ramón del Valle-Inclán, Ramiro de Maeztu y los filósofos Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset.  Todos ellos alcanzaron la cumbre de su influencia en los años culturalmente vitales, desde los 10 a los 30.  Aquélla generación también incluía a políticos como Manuel Azaña, Alejandro Lerroux y el primer presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora. 

Este capítulo introduce a estos y otros personajes, quienes iban a tomar protagonismo en el drama venidero.  La dictadura de Miguel Primo de Rivera fue blanda y estabilizadora.  El Partido Socialista, PSOE, colaboraba en ella, tranquilizando sus propios empujes revolucionarios.  En 1930, el rey despidió a Primo de Rivera, lo que alentó a las izquierdas a conspirar para derribar al régimen.  La conjura fracasó, pero el gobierno monárquico perdió los nervios y en abril de 1931 se celebraron elecciones municipales, dando una mayoría de concejales monárquicos; y a pesar de que tuvieron esta victoria los consejeros del rey lo persuadieron a abdicar. 

Por eso, la II República nació así bajo una sombra de ilegitimidad y como la cría de gente quien, como Azaña, se consideraban llamados a imperar fuera como fuera la voluntad popular.  Ilegitimidad agravada para las derechas por los desmanes anticlericales y anticristianos de mayo de 1931 y para las izquierdas por el incumplimiento de las promesas reformistas y radicales del nuevo gobierno, derrocado por esas y otras razones en las elecciones de noviembre de 1933.

Capítulo IV: Entrenándose para Guerra Civil: octubre de 1934.

Los líderes izquierdistas como Francisco Largo Caballero, nominado “el Lenin español” por las juventudes socialistas, e Indalecio Prieto, querían la revolución aplastadora, según el modelo bolchevique.  Oponiéndose juntos a cualquier oposición, con el fin de iniciar la transformación social y política que juzgaban precisa.  No tenían la intención de aceptar la victoria electoral de las derechas.  Tras esta Largo y el PSOE empezaban a organizar el alzamiento revolucionario, aliados con los separatistas catalanes, dirigidos por Luis Companys, que estaba al mando del gobierno regional, la Generalidad.  Gozaban del apoyo de Azaña y de la izquierda republicana.  So pretexto de que delegados de la alianza electoral derechista, CEDA, el grupo más numeroso de las Cortes, habían ingresado en el gobierno, los socialistas y separatistas desencadenaron su revolución el 5 de octubre de 1934, que fracasó porque no se levantaron las masas, excepto en Asturias, donde esta pequeña guerra civil duró dos semanas.  Aunque derrotados, Largo, Companys y sus aliados lanzaban una campaña mundial de propaganda y difundiendo que había habido  millares de muertos y brutalidades espantosas, cometidas por las fuerzas gubernamentales asesoradas por el general de división Francisco Franco, de 41 años entonces.  Ellos consideraban la insurrección como el primer acto de una guerra civil, es decir de una guerra desatada por las izquierdas y no por las derechas.  La campaña de propaganda movilizaba a intelectuales, izquierdistas en todo el mundo y en España provocaba las primeras manifestaciones masivas de la población.

Capítulo V: “Miedo engendra odio” (Azaña)

A fines de 1935, Alcalá-Zamora, el presidente moderado, se sumaba a las izquierdas para derrocar al gobierno centro-derechista, aprovechando un escándalo nimio, el llamado straperlo.  Este incidente estrafalario hubiera sido un pormenor irrisorio de la historia si no hubiese conducido hasta el final al último gobierno que tenía posibilidades serias de mantener al país unido.  En las siguientes elecciones de legitimidad dudosa, las izquierdas, unidas como Frente Popular, lucharon por la victoria y una mayoría aplastante de los escaños en las Cortes.  Los agitadores y pistoleros de izquierdas se desencadenaron en las calles quemando iglesias y matando a sus adversarios políticos.  Los grupos derechistas contestaban débilmente, pese a que algunos historiadores han pintado imágenes de una gran conjura fascista que reclamaba medidas decisivas para ser aplastada. 

España tenía pocos fascistas; la Falange mandada por José Antonio Primo de Rivera era el grupo más militante de derechas, pero no era indudablemente fascista.  El mismo José Antonio fue detenido y más tarde ejecutado por el gobierno del Frente Popular.  En la madrugada del 12 de julio unos pistoleros, algunos de estos vinculados a Indalecio Prieto, asesinaron al líder monárquico José Calvo Sotelo.  Para muchos católicos y conservadores eso colmó la medida, pero algunos historiadores, como Stanley Payne, opinan que el gobierno todavía hubiera podido salvar la paz de haber actuado con decisión.  Sea como fuere, tal decisión no hubo y pocos días después la conjura militar del general Emilio Mola alistó finalmente al general Franco, que estaba al mando de las fuerzas españolas en Canarias. 

El 17 de julio unas tropas leales a Franco desafiaron a unos enviados del gobierno en Melilla.  La Guerra Civil había empezado, o mejor, recomenzado.  La República había fracasado.  El gobierno que se llamaba republicano durante la guerra era un régimen de Frente Popular, controlado de manera creciente por los comunistas.  Uno de los primeros actos de este régimen en respuesta al alzamiento de Franco y Mola fue de ordenar el armamento de las milicias izquierdistas.  La paz ya no fue posible, como dijo el líder conservador José María Gil-Robles.

La Guerra Civil
Operaciones militares, luchas políticas, intervenciones y represiones

Capítulo VI: Francisco Franco

Un rasgo muy particular de muchos escritos sobre la Guerra Civil y el régimen de Franco es el odio arraigado y muy apasionado hacia la figura.  Eso es algo racionalmente no fácilmente explicable, por cuanto Franco como jefe de estado era un dictador más blando que los dictadores comunistas admirados por muchos intelectuales Franco-fobos.  Otro rasgo particular es que muchos de tales escritos, como los del historiador inglés Paul Preston, describen a Franco como un oportunista necio y sangriento; algo extraño por que eso significa que las izquierdas, más sabias y clarividentes que otras, fueron derrotadas por un zoquete, quien ganó solamente gracias a la ayuda alemana e italiana.  En verdad se trata de un personaje mucho más interesante y polifacético, cuyas opiniones y cuyo historial antecedente se cuentan en este capítulo.

Capítulo VII: Las fuerzas en presencia

Prieto tenía mucha razón a sostener en un discurso en respuesta al Alzamiento Militar que sus posibilidades eran ínfimas.  El Frente Popular controlaba la mayor parte de España peninsular, con casi toda su industria y riqueza.  Las milicias armadas podían no ser muy valiosas en la lucha, pero eran numerosas y la mayoría de las unidades militares regulares no se habían sumado a Franco y Mola, ni tampoco la Armada.  La fuerza de la República frentepopulista era aplastante.  Cierto que esta República se desgarraba en luchas internas entre comunistas, socialistas, anarquistas y nacionalistas vascos y catalanes.  Sin embargo el alzamiento de Franco y Mola parecía una quijotada –un acto de orgullo español pero condenado al fracaso.  Mas no fue así. 

El capítulo describe los recursos de ambos bandos al iniciar la contienda e investiga las causas de porque no se averiguó el augurio de Prieto.

Capítulo VIII: España revolucionaria

Una de las primeras y más conocidas víctimas de la guerra fue el poeta Federico García Lorca.  Se convertía en una figura mítica de las izquierdas; la verdadera historia de su fin desgraciado cuenta otra cosa.  Pasaba sus últimos días en la casa de un amigo falangista.  El capítulo sigue contando los acontecimientos en la zona frentepopulista en el verano de 1936.  Anarquistas, nacionalistas y otras izquierdistas creían que la hora de la revolución había sonado.  Granjas y fábricas fueron ocupadas, la producción se vino abajo, el hambre reapareció.  En septiembre el gobierno liderado por Largo Caballero cedió las reservas de oro del Banco de España a la URSS, a cambio de ayuda militar.  Prieto llamaba eso “un enorme desfalco.”  También lo era, en menor medida, las expropiaciones de patrimonios privados, incluso ínfimos.  Rasgo excepcional de ese verano fue la persecución sangrienta de católicos, quizás la más sangrienta de la historia, con martirio de millares de curas, monjes y monjas sin abjuración alguna.  Ahora bien, el acontecimiento militar más importante de ese periodo en zona frentepopulista fue la reconstrucción de un “Ejército Popular” sobre las bases del viejo.  Sin este ejército la República hubiera sido derrotada ya en 1936, pese a su superioridad material.  El ejército nuevo era moldeado con arreglo al Ejército Rojo Soviético y tenía como su molde a comisarios políticos aportados por los comunistas o sus aliados.  En noviembre el nuevo ejército había reemplazado a las voluntariosas e ineptas milicias en el combate.  Todos ya sabían que la guerra no sería de poca duración, sino larga.

Capítulo IX: La guerra de las columnas, julio a octubre de 1936

Por cuanto ningún bando poseía fuerzas tales de poder constituir frentes continuos, los primeros meses eran “de la guerra de columnas,” grupos de hombres avanzando sobre el terreno y ocupando poblaciones y puestos fuertes.  En esta guerra las columnas de Franco lograban éxitos inverosímiles.  Eran poco numerosas pero tenían la moral muy alta.  Cruzaron el Estrecho de Gibraltar por mar y por aire, el primero puente de aire de la historia.  De esta manera pudieron avanzar después 200 km al norte para enlazar con las fuerzas de Mola.  Luego se volvieron hacia Madrid, pero antes debieron socorrer a Toledo, donde el coronel José Moscardó en un gesto quijotesco había ocupado el alcázar de la ciudad, que no era defendible pero que guardaba heroicamente contra fuerzas diez veces superiores.  La defensa del Alcázar fomentaba una leyenda por los nacionales a contraponer a las republicanas de García Lorca, Guernica o la defensa de Madrid, con la diferencia de que la leyenda del Alcázar era verdadera.  Días después de la liberación del Alcázar, la Junta Militar proclamó a Franco jefe del Estado español y Generalísimo de las Fuerzas Armadas.

Capítulo X: Intervenciones extranjeras

Una leyenda muy difundida pretende que Franco ganó por que fue ayudado con armas y tropas por Adolf Hitler y Benito Mussolini.  No es cierto.  Mussolini había prometido alguna ayuda al alzamiento, y tanto él como Hitler enviaban unos aviones en 1936, pero estos no fueron decisivos, y tampoco lo fueron las tropas italianas o las escuadrillas alemanas que más tarde llegaron.  No lo fueron tampoco las Brigadas Internacionales que luchaban para el Frente Popular ni la ayuda de Josif Stalin a este régimen, sino en un punto, la defensa de Madrid en octubre-noviembre de 1936, cuando carros soviéticos ayudaban a rechazar los ataques de los nacionales.  Franco persuadió a los alemanes e italianos a vender sus ayudas a crédito y no permitía que los representantes extranjeros se entremetiesen en las operaciones o en el gobierno, a distinción del Frente Popular donde los agentes de Stalin ganaban continuamente en influencia.  Había un tipo de ayuda que tal vez ha sido decisivo: Thorkild Rieber, el jefe noruego-americano de la Texaco y admirador de Franco, vendía petróleo a los nacionales a crédito, cosa inaudita entonces.  Otro tipo de intervención era la de los intelectuales como Ernest Hemingway o André Malraux, este un autodenominado piloto de guerra, descrito por el jefe comunista de la fuerza aérea republicana como un hombre que no tenía la menor idea de aviación.

Capítulo XI: La batalla de Madrid, noviembre de 1936-febrero de 1937

“¡No pasarán!” era una consigna que daba la vuelta al mundo.  La realidad fue algo diferente, a pesar de que ha escrito Hemingway u otros simpatizantes del Frente Popular.  El pueblo madrileño no estaba hombro con hombro con el régimen desafiando a los “fascistas”; al contrario, agentes del gobierno masacraron a 6000 verdaderos o presuntos simpatizantes de Franco en las cárceles de Madrid, de forma típicamente bolchevique.  Uno de aquéllos, el luego líder comunista Santiago Carrillo, nunca ha admitido su papel en estas matanzas.  El capítulo describe las operaciones alrededor de Madrid en esos meses críticos.  El gobierno huyó a Valencia y luego a Barcelona, pero los frentes resistían y en febrero el Ejército Popular causó una derrota seria al cuerpo expedicionario italiano en la zona de Guadalajara.  Los italianos enardecidos por su fácil conquista de Málaga lanzaron una ofensiva en pleno invierno, sin asegurarse sus flancos y fueron aplastados.  Nacionales y republicanos estuvieron de acuerdo al decir: “italianos no valen españoles.”

Capítulo XII: Otra guerra civil.  Barcelona invierno y primavera de 1937.

En España republicana los comunistas y sus hombres de paja hacían más estricto su manejo del gobierno, manteniendo la ficción de que así era un régimen democrático.  Entretanto, Largo Caballero resultaba cada vez más una carga para Stalin y a sus agentes, quienes lo derrocaron con la ayuda de Prieto.  Mas tarde él se arrepintió, porque  reemplazaron a Largo con el ministro de hacienda, Juan Negrín, cuya política era de colaboración estrecha con la URSS, siendo esa la única esperanza del Frente Popular para la victoria.  En eso tenía probablemente razón.  El próximo paso fue de domar a los revolucionarios salvajes y regularizar un régimen de tipo soviético, bajo la instrucción de los agentes del NKVD.  Los anarquistas, numerosos en Cataluña, no estaban de acuerdo.  Su oposición provocó grandes disturbios, una pequeña guerra civil dentro de la grande. Eran los acontecimientos descritos por George Orwell, en los cuales el régimen oprimió sangrientamente a los anarquistas.  Azaña, que entonces era un presidente generalmente impotente, describió acertadamente el desorden y la violencia de la República en su libro La velada en Benicarló.  Don Manuel siempre era mejor analista que estadista.

Capítulo XIII: Guernica y la campaña del Norte, primavera de 1937

Gracias al cuadro propagandístico de Pablo Picasso y a una campaña bien planteada de desinformación el ataque aéreo alemán a la ciudad vasca de Guernica en abril de 1937 se convirtió en el símbolo central de brutalidad insensata fascista.  La verdadera historia es algo diferente y se cuenta aquí. 

En el mes de marzo, Franco tomó la decisión que le llevaría a ganar la guerra.  Él abandonó los ataques en el centro y avanzó contra el País Vasco y Asturias donde se encontraban las industrias importantes y los puertos de Bilbao y Santander, ciudades cargadas de población.  En las semanas siguientes, Franco afianzó su gobierno con vistas de ganar la guerra y de la reconstrucción en la posguerra. 

El contraste con las luchas violentas internas y con la influencia soviética en zona frentepopulista no podía ser más agudo.  Como elemento de consolidación, Falange Española fue designada oficialmente como eje del movimiento nacional; en efecto, eso fue una medida en gran parte ceremonial.  A Franco no le gustaban las ideologías explícitas.

Capítulo XIV: El Frente Popular contraataca, verano de 1937

Cuando cayó Bilbao el 30 de junio, Prieto podía ver que la guerra estaba perdida.  Sin el Norte el Frente Popular ya no controlaba toda la industria pesante y los centros mayores de población.  Así que, para aliviar la presión sobre el Norte, el gobierno de Negrín lanzaba ataques contra Brunete y Zaragoza en el Centro y el Este.  Ambos fracasaron a pesar de la superioridad aplastante y numérica del Ejército Popular. Otro ejemplo de lo que representaba tener la moral alta en esa guerra.

El capítulo cuenta las operaciones del verano y de comienzos del otoño y concluye con el control completo de la costa del Norte por los nacionales.

Capítulo XV: La guerra de los intelectuales

Ernest Hemingway romantizaba un enfrentamiento menor en La Granja en el verano de 1937, en Por quién doblan las campanas.  Él fue el arquetípico simpatizante del Frente Popular, el más famoso de una larga fila de intelectuales internacionales, quienes convirtieron la Guerra Civil en una batalla de ideologías, de fascistas contra demócratas.  Como demuestra y sigue demostrando ese libro, es una caricatura que no obstante ha dominado la imagen internacional de la guerra desde entonces.  El capítulo introduce a varias de esas figuras como Gerald Brenan, Georges Bernanos, Willy Brandt y entre los españoles a personajes como Ortega y Gasset o Unamuno, quien chocó con el comandante de milicias falangista José Millán-Astray en la Universidad de Salamanca.  Suceso que ha sido leído como el rechazo desdeñoso del filósofo vasco a Franco, pero en efecto Unamuno desde el principio había sostenido a los nacionales.  Otro mito de la guerra es que “los intelectuales,” los personajes reflexivos, humanos, artísticos y literarios, eran unánimes en su oposición a Franco.  No es cierto.  Entre los ejemplos que demuestran lo contrario, tenemos nombres como: Ramiro de Maeztu, Gregorio Marañón, Pedro Laín Entralgo, Dionisio Ridruejo, Manuel Machado, Roy Campbell y el mismo Ortega.

Capítulo XVI: Invierno glacial 1937-38

El invierno de 1937-38 fue asperamente glacial.  El Frente Popular, en busca de venganza por la pérdida del Norte, atacó en el este a Teruel, que fue ocupada por el Ejército Popular tras semanas de combate sangriento en temperaturas de más de 20 bajo cero.  El obispo fue cautivado y luego asesinado.  Esa victoria ya que siendo Teruel una de las pocas capitales de provincia que fue tomada por el Ejército Popular daba al régimen un aliento muy esperado. 

El capítulo cuenta esa y otras operaciones desde la caída del Norte a marzo de 1938, incluso las campañas de Belite y Lérida y la batalla naval que terminó en el hundimiento del Baleares, el crucero más moderno y fuerte de la armada nacional.

Capítulo XVII: La marcha al mar y la campaña de Valencia, marzo a julio de 1938.

En marzo la guerra se puso en movimiento para quebrantar las fuerzas franquistas las líneas republicanas al este de Teruel y alcanzar en seis semanas el mar, a la desembocadura del Ebro. Así se copaba en dos el territorio de España frentepopulista.  Luego, Franco se volvió al sur para tomar Valencia, pero sus hombres, cansados, no lo podían hacer en dos meses más de combates.  Numerosos críticos han interpretado esa decisión como el deseo de Franco a prolongar la guerra hasta que estallara una guerra general europea, puesto que, según dicen, había podido terminar la guerra, al volverse al norte y marchar sobre Barcelona, la capital de España republicana.  La explicación de Franco, apoyado por el historiador primero de la Guerra Civil, Stanley Payne, fue que no quiso exponerse a una intervención francesa de marchar sobre la frontera con Francia.  Este país también tenía un gobierno frentepopulista pero no controlado por las comunistas como en España, y tal vez a su miedo no le faltaba la razón.  Sea como fuere, el personaje que más desesperadamente quería prolongar la guerra hasta estallada una guerra general europea no era Franco, sino el líder frentepopulista, Juan Negrín.

Capítulo XVIII: La campaña del Ebro, julio a noviembre de 1938

Debía ser la hora triunfante del Ejército Popular.  En julio lanzaba su ofensiva más grande de todas, sobre el bajo Ebro dirigida a retomar Teruel y juntar las dos partes de España republicana volviendo a abrir las comunicaciones por tierra entre Madrid y Barcelona.  Franco resolvió de plantarse y no ceder, iniciando así una batalla de debilitamiento bajo el calor y las terribles sequías, la que en el curso de cinco meses sangraba a las unidades mejores del Ejército Popular y hacía su última derrota casi cierta.  Hacia fines de la campaña, las Brigadas Internacionales se disolvieron a órdenes de Stalin.  La República estaba sola.

Capítulo XIX: La caída de Cataluña, diciembre de 1938 a marzo de 1939.

La última esperanza de Negrín ya efectivamente era que una guerra general europea, poniendo a URSS contra Alemania, podría de alguna manera salvar la República.  No había comprendido que habían capitulado Gran Bretaña y Francia a Hitler en Munich y que nadie, ni siquiera el mismo Stalin, ya se preocupaba mucho de España.  Ni podía desde luego saber que la guerra general, cuando empezó, pondría a Stalin aliado de Hitler.  Aún así él –o mejor, sus hombres— seguían luchando, cada vez más inferiores en número y pertrechos. En lo último en parte por que los nacionales eran hábiles en reutilizar material cautivado.  Repuestos de la campaña del Ebro, los nacionales empezaron por fin en enero de 1939 la ofensiva sobre Barcelona.  Cayó sin combates el 28, “esperando a Franco,” como dijo un observador,  El gobierno, con sus manos llenas con todo el oro, alhajas y otros objetos de valor que sus miembros podían recoger, huyó hacia el norte.  Lanzaron una ofensiva final en Extremadura por distraer a Franco; tomaron mucho terreno pero ninguna ventaja.

Capítulo XX: Madrid y Alicante, marzo de 1939

Los frentes cerca de Madrid no se habían movido hacía más que dos años.  En la ex capital anticomunistas se alzaron en contra del régimen de Negrín, con la esperanza de poner fin a la guerra con una paz de reconciliación.  Franco rehusó sus ofertas y exigió la capitulación sin condiciones y lanzó su última ofensiva el 26.  Esta avanzó casi sin derramamiento de sangre.  Madrid cayó el 28  de marzo, entre escenas de alegría.  Tres días después las últimas unidades del Ejército Popular se rindieron en Alicante y por la  mañana Franco, desde su cama con gripe, emitió el último parte de guerra: “En el día de hoy, el ejército rojo cautivo y desarmado, las tropas nacionales han alcanzado sus últimos objetivos militares.  La guerra ha terminado.”

Capítulo XXI: Epílogo

¿Cuántos murieron?  ¿Cuál de los bandos era el más mortífero?  ¿Cuánto costaba la guerra?  ¿Cómo se vivía en las dos zonas?  ¿Cuántos huían y a dónde?  Muchos tienen respuestas listas: los muertos eran un millón, los nacionales eran los peores asesinos por que mataban por gusto, mientras los frentepopulistas mataban solo por necesidad.  La vida en España republicana era más libre y mejor que en zona nacional.  Centenares de millares habían de huir para no ser matados.  Todas esas son distorsiones, si no mentiras.  La información mejor sobre las perdidas indica que eran alrededor de las 600.000 y que los dos bandos eran iguales de mortíferos, matando a no combatientes.  Otro tema explosivo es el precio de la represión franquista en la posguerra.  Fueron justiciados unos 25-30.000, tal vez menos que si hubiera vencido el otro bando.  De los encarcelados la mayor parte fueron puestos en libertad, aunque vigilada a veces, tras pocos años.  También contrario al mito es que la mayoría de los intelectuales españoles no huían del país.  España de Franco permanecía aislada en la política internacional hacia fines de los años 40, lo que costaba una gran indigencia económica, pero la cifra de los muertos de hambre nunca alcanzaba los niveles de España “republicana” en guerra.

Capítulo XXII: La guerra sobre la guerra.

La democratización tras la muerte de Franco en 1975 fue un proceso muy cuidado. 
El régimen nunca encontraba oposición democrática seria.  Sus únicos enemigos constantes e implacables eran los comunistas, quienes no eran demócratas.  Tras los años 80 los comunistas y socialistas han empezado a reescribir la historia, ennegreciendo al régimen y sosteniendo que la democracia española nunca sería asegurada sino rompiendo con el pasado y volviendo a los ideales de la II República.  En esta atmosfera recalentada y exaltada todo debate sincero sobre la Guerra Civil se enrarecía.  Con pocas excepciones los historiadores catedráticos españoles han aceptado unas interpretaciones marxistas de la historia y dejado escribir la verdadera historia a extraños vilipendiados. 
Fuera de España la historia es algo diferente pero no enteramente.  El historiador Stanley Payne se ha puesto al lado de los revisionistas y dice que en las universidades españoles no hay libertad de expresión sobre la Guerra Civil.  El libro termina con la esperanza de que habría contribuido a la discusión sincera y contado una historia apasionante.

El libro incluye ilustraciones, mapas generales y particulares, cronología, bibliografía, referencias y índice y será enlazado a un sito web, con referencias más extensas y la posibilidad por lectores de comentar.